La luz define el espacio en esta obra de Barragán

Publicado en: Proyectos | 26 mayo, 2021

En el año de 1952 Luis Barragán acepta hacerse cargo del proyecto de renovación y construcción de una capilla nueva en el Convento de las Capuchinas Sacramentarias, para este momento, el arquitecto ya tendría 25 años de experiencia

Lenguaje claro, material simple

A pesar de que se graduó como ingeniero civil y arquitecto, las mayores inquietudes de Barragán no se encaminaron hacia las técnicas constructivas o la implementación de procedimientos nuevos. Su enfoque se dirigía más hacia la experiencia del usuario y el enriquecimiento del espíritu de quien visita sus edificaciones. Gran parte de su obra trasciende la utilidad o el pragmatismo para convertirse en una especie de arquitectura para la contemplación. Un ejemplo notorio de este afán, es la simpleza de los materiales utilizados específicamente en esta capilla.

Concreto, roca, madera y vidrio, trabajan dinámicamente evidenciando el paso del tiempo a través de las sombras que proyectan y amplificando en reverberaciones los sonidos. El conjunto de estos materiales expuestos a la luz cambiante del día, busca la experimentación personal de forma simple. Barragán prefería usar la piedra, la arcilla o la madera en lugar de la alta tecnología que representaban el hierro y el hormigón armado. La simpleza de los materiales elegidos combinaba con su forma de trabajar, pues apenas dibujaba planos, pensaba y hablaba con las manos. También gustaba de trabajar directo en obra. Los materiales modernos de aquella época le resultaban demasiado precisos e inflexibles.

Quizá el elemento más simple pero más relevante en esta obra sea la luz, al grado de cumplir la función de otro material más

Podemos afirmar que la capilla está hecha de luz, una vez que atestiguamos la transformación que experimenta el sitio durante las diferentes horas del día. La luz define, en cada instante, el espacio. La celosía de madera que separa el patio del acceso a la sacristía contribuye a la diaria redefinición del sitio. Sus sombras se dibujan en el suelo, en las escaleras, en el banco y en el muro en medio de destellos de luz. Entonces, el espacio define a la luz pues mientras recorre el patio se torna amarilla en la piedra, roja en el banco, blanca en el muro.

“La función de la arquitectura debe resolver el problema material sin olvidarse de las necesidades espirituales del hombre”

El material transforma a la luz y viceversa. Si permanecemos inmóviles frente a la celosía durante el día, podremos atestiguar esta redefinición constante del espacio. Cada instante es diferente al anterior y el espacio se expande o reduce según la hora del día. La materia inmóvil, callada, es activada por la luz, generándose un espacio dinámico.

La materia del concepto 

La Capilla del Convento de las Capuchinas es un espacio dialéctico, donde la contemplación convive con la creatividad. Ahí, la religión se convierte en arte y el visitante crea —y recrea— el espacio con su simple presencia y, tal vez, sus plegarias. Así, la luz se transforma caprichosamente en atmósferas diversas y el enorme muro que vemos a la entrada, se pliega para hacerse cruz.

El muro es, simultáneamente, cerramiento y cruz, elemento y símbolo. Tiene una razón de ser práctica y espiritual a la vez

La cruz nace del muro y permanece en él, materializando literalmente la intención del arquitecto por conciliar los elementos arquitectónicos en un discurso continuo, unitario. El muro, o los vitrales, pueden ser estructuras, elementos constructivos, pero también son arte y paisaje a la vez. Asimismo, el edificio es a la vez alojamiento, habitación, espacio místico y obra de arte viva, con un pulso y un carácter latentes, que invitan a la reflexión y el recogimiento.

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